Portada > Huellas de la historia > Patrimonio arquitectónico

Patrimonio arquitectónico

Última actualización : 25 de septiembre.

Artículos de esta sección

  • La Casa Consistorial

    30 de noviembre, por Redactor 0

    Edificio construido aproximadamente en el siglo XVI, situado en las proximidades de la iglesia. Sigue las mismas pautas constructivas de las casas solariegas que flanquean la calle Mayor y, como el resto de las casas consistoriales de las zonas pirenaica y prepirenaica de Aragón, se caracteriza por una sobriedad extrema y un estricto apego a las necesidades funcionales.

    Su portada, descentrada y cubierta por un arco de dovelas de piedra, da acceso a un zaguán rectangular sin iluminación natural en su estado actual. A este zaguán se abren tres dependencias en planta baja: una, a la izquierda, dando a una estancia que podría haber sido la cárcel - a juzgar por su única ventana enrejada - y dos al fondo, de proporciones cuadradas y grandes dimensiones, lo que llevó a disponer en cada uno de ellos una pilastra central para partir la luz de las vigas de cubrición. La pilastra correspondiente a la estancia más oriental, en planta baja, está formada por un interesante pilar de proporciones macizas y planta circular con un capitel dórico mientras que en la planta alta se corresponde con una columna con fuste monolítico liso y capitel abulvado bajo una zapata para apoyo de la viga. En la estancia occidental, seguramente añadida al núcleo originario del Ayuntamiento, el pilar es una simple pieza de sillería de planta cuadrada

    Hasta la construcción del edificio de las escuelas - entre las calles del Portal y del Centro -, a partir de 1934, el edificio consistorial albergaba simultáneamente las dependencias municipales, los almacenes y graneros comunales del pueblo y la escuela; con la misma distribución hoy conservada, en la planta baja se encontraban el zaguán, la cárcel y los dos grandes espacios de las crujías interiores, destinados a almacenes; en la alta, las crujías interiores eran las ocupadas por las dependencias propiamente municipales, mientras que la delantera, en la zona ubicada sobre el zaguán y abierta a la fachada mediante una ventana, se encontraba la escuela.

    Como el resto de las casas consistoriales de las zonas pirenaica y prepirenaica de Aragón, la de Ruesta se presenta con un volumen mucho más macizo y cerrado, que las más conocidas del valle del Ebro o la provincia de Teruel, construida totalmente en piedra, sin lonja, galería en la planta superior ni profusión de vanos exteriores - en la fachada a la calle Mayor, que es fachada norte, sólo existen, además de la puerta, una ventana en planta baja, correspondiente a la cárcel, y otra en la alta; descentrada con respecto a la entrada -. No se encuentra tampoco la preocupación por la, simetría o la proporción como la que caracterizó a buena parte de los ayuntamientos aragoneses del siglo XVI, sino una limitación de los recursos a la estricta satisfacción de los requisitos funcionales y constructivos, con plena sujeción a los condicionantes climáticos y una sobriedad extrema, al menos en lo estrictamente arquitectónico.

    comentar |22 visitas
  • Las casas solariegas y la calle Mayor

    14 de noviembre, por Redactor 0

    De origen burgués, la villa de Ruesta debió contar hasta finales de la Edad Media con una edificación modesta y homogénea, entre la que sólo el castillo y la iglesia destacaban como construcciones privilegiadas, representantes del poder del rey y del poder de la Iglesia. Los edificios de vivienda se agrupaban en manzanas más o menos regulares según los criterios igualitaristas contenidos en el fuero de Jaca que estuvo en el origen de la población, de los que esperaba obtenerse un espacio urbano indiferenciado e isótropo.

    A lo largo de los siglos XIII y XIV, la villa pasó de burguesa a agraria y guerrera, la condición de sus habitantes comenzó a ser cada vez más heterogénea, la foralidad burguesa perdió fuerza en el conjunto del Reino al tiempo que la ganaba la nobiliario-militar, y en las ciudades - Ruesta entre ellas - comenzaba un proceso de discriminación que acabaría por permitir que los habitantes con mayor riqueza fue tan llevando el plano hacia una progresiva jerarquización. Los más poderosos - a los que ahora la Corona quiere captar en lugar de rechazar - levantan sus casonas solariegas en lugares que se privilegian y dan fin a la homogeneidad inicial; estos lugares son los más adecuados desde los puntos de vista representativo y defensivo junto a la muralla, en la plaza, al lado de los accesos al casco urbano.

    Los antiguos polos representativos - la iglesia y el castillo - se ven complementados por las nuevas casas de los habitantes más poderosos; en un primer momento, en Ruesta se ubican estas casas en el espacio urbano que ya era más prestigioso desde el nacimiento de la villa: la plaza de la Iglesia, a cuyo alrededor se ubican las dos casas solariegas tardomedievales de su frente oeste - las que luego se conocerían como Pascual y Sánchez, hoy perdidas y que Abbad Ríos dató entre los siglos XIV y XV -, y el palacio de los marqueses de Lacadena, conocido por los habitantes de Ruesta en el momento del abandono como casa El Chocolatero.

    La más importante era sin duda la casa de los marqueses de Lacadena. Ubicada frente a la iglesia y en situación aislada a la entrada oriental de la villa, ocupa un lugar urbano privilegiado. Esta edificación se define por su autosuficiencia urbana y constructiva: no se observan en su conformación restos de edificios anteriores, ni su trazado parece responder a más condicionantes que sus exigencias propias.
    Su planta procede de una evolución en el tiempo que se tradujo en tres fases, al menos, de crecimiento. Es fácil distinguir un primer núcleo en su cuadrante nordeste, datable en los siglos XV o XVI, con unas dimensiones en planta que hacen de ella un cuadrado prácticamente perfecto, de unos 11,50 metros de lado; este cuadrado se encuentra limitado por cuatro muros de piedra de unos 70 cm. de espesor medio, y subdividido por un quinto muro de carga de dirección este-oeste, que parte su planta de modo exacto en dos rectángulos iguales, cada uno de proporción 1:2; la desviación del perímetro exterior con respecto al cuadrado no es sino la que provoca la presencia de los muros de carga, ya que el criterio que ordena el trazado es el de esta proporción 1:2 de los semiespacios; así, la diferencia de longitud entre los muros este y oeste, mayores, y norte y sur, algo menores, es el espesor del muro de carga central. El doble cuadrado en planta que constituye la primera crujía, inmediata al acceso - por la fachada norte - se encuentra, a su vez, partido en dos mitades idénticas, próximas al cuadrado (unos 4,30 por 4,80 metros) por la escalera, de directriz norte-sur.

    Nos encontramos, pues, ante una construcción dominada por una voluntad de orden proporcionado, donde el criterio geométrico aparece como determinante de un trazado que no se entrega a lo simplemente funcional. Los requisitos de este tipo, ajenos a lo que entendemos por un palacio bajomedieval o renacentista, aparecen en toda su crudeza en las fachadas de la construcción: escasas en número y dimensión, presentes sólo donde son estrictamente necesarias, denotan una inequívoca exigencia defensiva de la casa solariega que es, así, casa fuerte. De hecho, este bloque macizo, cúbico y cerrado conformó, tras su construcción, un cubo de esquina de una de las puertas de la muralla de Ruesta, abriéndose ya al exterior su fachada este.

    Al núcleo primitivo de la casa se añadió, más adelante, un segundo cuerpo de menor calidad constructiva, que convirtió su planta en un rectángulo paralelepípedo manteniendo un volumen unitario y una altura de cornisa constante. Se trata de un rectángulo (de unos 4,30 por 10,40 metros interiores) que constituye una crujía añadida ante su fachada occidental, dibujando ésta, abierta a la plaza de la Iglesia, como un paño de proporciones cercanas al cuadrado, perforado por ocho ventanas rectangulares - dos por planta - dispuestas regularmente.

    Por último, se añadió una serie más anárquica de dependencias al sur de la casa, colmatando el espacio que la separaba de otros edificios vecinos, o bien anexionando construcciones anteriores; estas nuevas partes de la casa, no obstante, se trataron de modo que el aspecto exterior del conjunto siguiera siendo uniforme, conformando un frente unitario y con cornisa continua a la plaza de la Iglesia.

    Al lado de la plaza, junto al arranque de la calle Mayor, estaba casa Pascual, también propiedad de los marqueses de Lacadena en 1960. De los escasos restos de esta casa cabe resaltar una torre desmochada en su ángulo suroriental que, con su planta cuadrada y sus gruesos muros, presenta la apariencia de una construcción defensiva, vinculada a la fortificación del Barrio Bajo a partir de los últimos años del siglo XIII, que debió proteger su acceso occidental, por la actual calle Alegre. Este cuerpo, que tiene hoy dos plantas, parece haber sido usado como gallinero y está rematado por una terraza accesible rodeada por una balaustrada de piedra realizada ya en los siglos XIX o XX; la última planta está cubierta por una bóveda de cañón rebajado de piedra. Sus lados este y sur aparecen exentos, siéndolo también el oeste gracias a un estrechísimo paso que lo separa de la construcción vecina. En este muro oeste se observan huellas de vanos en aspillera hoy cerrados por el lado exterior. Presenta accesos por su frente sur, en planta baja y hacia la calle Alegre, y por el este, a la altura de su segunda planta y abierto al interior del pueblo; mientras que el primer vano - con dintel de madera - parece abierto en fecha reciente, para acondicionar la construcción como gallinero, el segundo parece el original de la torre; una pequeña puerta, estrecha y baja, cubierta por una corta bóveda de cañón que intersecta a la de la segunda planta, formando un luneto.

    Ya a partir del siglo XVI, se irá formando la calle Mayor como nuevo espacio representativo de lo más granado de la sociedad civil ruestana, sobre el antiguo camino que unía la plaza de la Iglesia y el caserío con el castillo. Se trata de un tipo de calle Mayor que nace como eje de un ensanche lineal, noble, de la población, y que es frecuente en los crecimientos urbanos, no del Medievo, sino del Renacimiento. Es la de Ruesta una calle Mayor que no obedece a una planificación, sino que deriva, directamente de un camino que había ido buscando las líneas de mínima pendiente del terreno y que se fue consolidando por edificaciones en sus márgenes a lo largo de distintas etapas y según distintos intereses.

    Así, podemos distinguir dos tramos perfectamente definidos y con distintas características morfológicas; edificatorias, sociales y geométricas: uno que ocupa desde la plaza de la Iglesia hasta el primer cambio de dirección - prácticamente de 90º - y otro que, desde aquí se va adaptando al relieve del terreno, rodeando el mogote en el que, en el punto más alto, se emplaza el castillo. Finalmente, podemos considerar también toda la trama de calles menores que, a la sombra del castillo, reciben igualmente la denominación de calle Mayor.

    El primer tramo, el más próximo a la plaza de la Iglesia, constituye una calle noble, de edificación palaciega. Hay aquí un par de casas solariegas de los siglos XVI o XVII (la Capellanía y su contigua, entre el lado norte de la calle y el barranco ó Fondón) y dos palacios del XVIII (casa Primo - la mayor del pueblo - y casa Madé), además de la Casa Consistoral y la abadía, junto a la iglesia. Claramente, el primer sector de la calle Mayor funciona dentro de la jerarquía del espacio urbano de Ruesta como una prolongación de la plaza de la Iglesia y de sus casas solariegas, ampliando el recinto representativo de la villa. Este tramo se cierra finalmente en sí mismo en la confluencia con el segundo sector de la calle, actuando como final de perspectiva la casa Madé, con su bien dispuesta fachada, de vanos amplios y enmarcados en una composición simétrica y plana, apta para el lugar en qué se encuentra. En esta zona, como característica más importante, no sólo no encontramos una parcelación que pueda tener un origen medieval, sino que una observación detallada de la trama de muros existentes en el interior de las parcelas tampoco da la impresión de haber tenido precedentes en dicha época.

    La edificación que bordea el resto de la calle Mayor es muy distinta. En el segundo tramo, coincidente con la curva que describe la calle, encontramos parcelas pequeñas y construcciones modestas, en un aglomerado a veces desordenado y caracterizado por una cierta precariedad estructural, definida por superposiciones de espacios y muros que, en una amalgama fragmentariamente desarrollada, van yuxtaponiéndose hasta llenar todo el suelo no necesario para la circulación pública. Está falta de claridad en la construcción y delimitación de las construcciones, ha hecho de esta zona de Ruesta una de las más afectadas por la ruina desde su abandono, al haber arrastrado unas casas a otras como en un castillo de naipes. También ha contribuido a esta ruina la peor calidad de los materiales los procedimientos constructivos empleados en esta área.

    Pasada la curva de la calle - aproximadamente un cuarto de círculo, cuyo trazado busca bordear la elevación del terreno donde se asienta el Barrio Alto -, se llega a un nuevo tramo recto definido por una edificación modesta pero clara y correcta en ambos lados, que llega hasta la plaza rectangular desde donde se accede al castillo.

    comentar |46 visitas
  • La iglesia de Santa María

    30 de octubre, por Redactor 0

    La iglesia; parroquial de Nuestra Señora de la Asunción - la única que hoy queda en el caserío urbano - se encuentra en la zona nororiental de Ruesta, justo a la entrada de la carretera, que antes fue también la entrada principal por el camino real que unía Artieda y Tiermas con Sos.

    Aunque su fábrica actual no es anterior al siglo XVI, aparece citada por primera vez en marzo del año 1125, cuando Alfonso el Batallador, con motivo de la fundación de la iglesia de Uncastillo, confirma las donaciones de sus antecesores Sancho Ramírez y Pedro I al monasterio de la Selva Mayor. Entre estas donaciones, se recogen el monasterio de Santiago de Ruesta y las iglesias de Santa María y San Pedro, ésta junto con su albergue.

    La iglesia de Santa María responde, en su ubicación, a las características habituales de las edificaciones religiosas en estas tierras fronterizas sobre el Camino de Santiago, ya sean aragonesas o navarras. Cerca de la puerta del perímetro que se abría al camino de acceso más importante, su fábrica sirvió de refuerzo a la defensa en su punto más vulnerable, al tiempo que signaba la entrada en el pueblo con el edificio religioso más importante; la torre de campanas de la iglesia colaboraba en la defensa de la villa a modo de planta albarrana.

    La orientación de la iglesia, con el ábside hacia el norte, es impropia de una construcción eclesial exenta de origen medieval, lo que lleva a pensar en una profunda transformación contrarreformista. Con anterioridad al edificio actualmente visible debió existir otro de dirección perpendicular; dada la situación de la iglesia, junto a la plaza de entrada a Ruesta por el Camino, que, presumiblemente, fue también lugar de mercado, es de suponer que la primitiva construcción, de tamaño considerablemente menor y orientada a oriente, se ubicara en la zona de los pies de la actual, coincidiendo más o menos con el primer tramo. Su acceso se produciría por la fachada lateral orientada al sur, de modo que la estancia ante la iglesia fuera soleada y se abriera a la plaza; pudo haber contado con un porche de arquería cubierta ante el acceso, a modo de lonja que también sirviera para el mercado y las reuniones populares.

    Apoya esta hipótesis el hallazgo, en el ángulo sureste de la capilla de Bautismo, de una deteriorada columna de fuste delgado y capitel pseudojónico, dividida en tambores, que fue absorbida por el muro oriental de la nueva fábrica quedando empotrada en él oculta a la vista. La columna estaba adosada a un paño de muro que coincidía con el actual cerramiento sur de la nave, de modo que, tras ella, quedaba un machón del que partía un gran arco apuntado de piedra que conformaba la primera planta de la torre por su lado norte; aquí, toda la torre descansaba sobre el arco y, por él, quedaba accesible su planta baja. El arco, al recrecerse la iglesia, fue también ocultado, cerrándose su abertura. En este paño debió abrirse, posteriormente, una pequeña puerta que comunicaba la capilla del Bautismo con el interior de la torre, operación en la que se deterioró uno de sus riñones.

    La fábrica actual de la iglesia, realizada en mampostería y sillería, es de planta en cruz latina, con nave provista de capillas laterales comunicadas longitudinalmente, según modelo jesuítico, y con orientación norte para el altar y entrada por el sur. Tiene seis capillas - cinco, bajo las advocaciones del Bautismo, de San Miguel, del Santo Cristo, de San Francisco y de Santa Bárbara-; de las que hoy están ausentes los retablos y lienzos que las decoraban, datados entre los siglos XV y XVIII. Sobre las capillas se disponen galerías corridas.

    Se accede a la nave por sus pies, a través de un nártex separado de la iglesia y ubicado bajo el coro. Como otras iglesias similares, tiene cabecera plana, coro alto en el primer tramo de los pies y nave abovedada mediante cañón con lunetos; este tipo de bóveda aparece también en los brazos del crucero y en la capilla mayor, cubriéndose las capillas por bóvedas de arista. El crucero se cubre también al modo convencional, con una cúpula de media naranja gallonada, sobre pechinas y carente de linterna. Los vanos de iluminación son de arco rebajado. Como también es normal, la torre queda a los pies, en el lado del Evangelio.

    En resumen, responde al conocido tipo difundido por la Compañía de Jesús y no podemos datarla .antes de los últimos años del siglo XVI en su estado actual. Esta fábrica contrarreformista debió, a su vez, erigirse en dos fases diferenciadas, pero próximas (quizá, incluso, solapadas): una primera, de mampostería, comprende el grueso del edificio y la torre. Más adelante se procedería a añadir el nártex (que no traba con la torre en su mitad inferior) y la galería superior del lado oriental, la única existente. El conjunto es de mampostería bastante cuidada, salvo en la fachada del nártex, donde se utilizó sillería. El interior aparece estucado y así debió concebirse, a juzgar por la baja calidad visual de los muros pétreos así recubiertos.

    La torre de campanas está formada con gruesos muros de sillarejo, que dibujan una planta próxima al cuadrado, con paredes exteriores lisas y sobrias; rematando su cuerpo originario, aún se observa una coronación almenada, con tres almenas en cada uno de sus lados.

    comentar |69 visitas
  • Evolución urbana

    15 de octubre, por Redactor 0

    Ruesta nace cómo un enclave militar en un territorio prácticamente despoblado. En el punto más alto del territorio próximo, donde aún hoy se levantan los testos del castillo, está documentada la existencia de una pequeña fortificación musulmana ya en el siglo X. En un principio, el castillo debió permanecer aislado de su función defensiva y de control de los pobladores dispersos de la comarca, sin asociarse a ninguna población civil; a lo sumo, pudieron existir en el inmediato entorno algunas casas para habitáculo de la guarnición o de algunos habitantes de la zona que buscaran cobijo en tiempos difíciles.

    No existe, de todos modos, testimonio alguno de un poblado de este tipo, por lo que podemos suponer que el castillo de Ruesta permaneció aislado en su entorno, tanto durante la dominación musulmana como durante los tiempos que siguieron a la conquista navarra, llegando así hasta su incorporación, en 1055, al Reino de Aragón. Sólo la paz que trajo la consolidación del Reino bajo el mandato único de Sancho Ramírez, rey de Aragón y Pamplona, y el retroceso que por entonces comenzó a experimentar el Islam, permitieron la llegada de los primeros pobladores a estas tierras fronterizas.

    A partir de determinado momento de finales del siglo XI o principios del XII, bajo el impulso del Camino de Santiago y de las expectativas comerciales que permitía adivinar la proximidad de Francia y de Navarra, alguno de los reyes ramirenses - seguramente Alfonso I el Batallador - decidió la fundación de una villa burguesa a pie del Camino y cobijada por la sombra del castillo; para atraer pobladores, se promulgó un fuero por el que se les otorgaba a quienes ahí acudieran las franquicias y los privilegios contenidos en el fuero de Jaca. Contaríamos, así, con una tierra de propiedad regia y unos pobladores libres, francos e ingenuos, con importantes exenciones fiscales y muy reducidas obligaciones militares; contaríamos igualmente, y en correspondencia necesaria, con un terreno previsto para acoger a estos hombres y estos privilegios perfectamente acotado y diferenciado; dotado, a ser posible, de unas determinadas cualidades topográficas, inmediatez al Camino, emplazamiento llano o, al menos, poco tortuoso, buena disposición natural para acoger una parcelación homogénea, posibilidades de asoleo... En definitiva, casi con seguridad, la zona más inmediata al Camino - tramo norte-sur de la calle del Centro - del Barrio Bajo, al sur de la iglesia de la Asunción y ocupando los dos lados de la calle del Centro, tramo edificado del camino que unía Artieda y Tiermas con Santiago de Compostela.

    Se trata de una zona del plano de Ruesta homogénea, compacta y claramente estructurada: las calles y las construcciones que la definen componen un conjunto autónomo y ensimismado, prácticamente ajeno al resto del caserío; con una regularidad propia, el viario de esta parte de la villa contiene las dos únicas plazas existentes en Ruesta: una de ellas es la de la Iglesia, que debió de servir simultáneamente como mercado. La misma nomenclatura de las calles apoya está autosuficiencia inicial del Barrio Bajo; las dos calles que lo cruzan en dirección norte-sur y este-oeste, cruzándose más o menos en su. centro, se denominan calle del Centro, mientras la calle del Portal delimita su borde oriental.

    La prioridad cronológica del Barrio Bajo viene también sustentada por el hecho de que en él se sitúe la única iglesia existente en Ruesta en la actualidad, careciendo el resto del núcleo .de edificación representativa alguna, si se exceptúa el castillo. La iglesia de la Asunción aparece citada por primera vez, como iglesia de Santa María, en marzo de 1125, cuando Alfonso el Batallador, con motivó de la donación de la iglesia de: Uncastillo, confirma las donaciones de Sancho Ramírez y Pedro I al monasterio de la Selva Mayor. Por ello, puede suponerse que el Barrio Bajo existiera ya en 1125, y, más aún, que hubiera sido fundado en tiempo de Sancho Ramírez.

    En el mismo documento se hacía alusión a la existencia en Ruesta de una iglesia de San Pedro hoy desconocida, que bien pudo formar parte del castillo o situarse en el extremo meridional de la calle del Centro, simétrica con la iglesia de Santa María, dando lugar a un esquema de doble iglesia muy frecuente en las poblaciones camineras aragonesas y navarras.

    Tras la muerte de Alfonso I, en 1134, el reino se partió en dos, y Aragón y Navarra comenzaron una larga etapa de enfrentamientos, con repercusiones reiteradas en forma de penetraciones pamplonesas en esta zona fronteriza de la provincia de Zaragoza. En los cinco primeros años que siguieron a la escisión, el paisaje urbano de la Canal y de la Valdonsella cambió radicalmente; las pequeñas indefensas poblaciones nacidas en las márgenes del Camino y de sus ramificaciones fueron destruidas en una nutrida serie de penetraciones navarras de castigo; en su lugar, el príncipe Ramón Berenguer y su hijo, Alfonso II, promovieron el traslado de la población a nuevas villas encumbradas en lo alto de las prominencias del terreno y mejor preparadas para la defensa. En estos años se modificó la ubicación de Berdún, de Artieda o de Mianos.

    Las incursiones de castigo de la vecina Pamplona se hicieron más peligrosas en el siglo XIII, llegando las guerras fronterizas a su punto culminante durante el reinado aragonés de Pedro III el Grande, que, tras ser excomulgado por Roma, se las hubo de ver con una invasión conjunta de franceses y navarros dispuestos a acabar con el reino. A lo largo de este siglo XIII, la comarca experimentó un proceso de militarización urbana que tuvo como hitos las fundaciones de los enclaves defensivos de Salvatierra y Tiermas, y la fortificación de Ruesta, y la pretensión - fallida - de concentrar en estas tres poblaciones a todos los habitantes dispersos a lo largo de la frontera.
    Ruesta, que ya contaba con un castillo bien conservado, se convirtió en enclave estratégico natural frente a las incursiones navarras; a partir de 1134 y, sobre todo, en el último cuarto del siglo XIII, la vieja condición burguesa de Ruesta dejó paso a una frecuentemente guerrera; el comercio se extinguió y la población de burgueses y artesanos dejó paso a una de agricultores y ganaderos preparados para la defensa. Finalmente, buena parte de la población dispersa de los alrededores debió trasladarse al casco ruestano. Como consecuencia de estas transformaciones, la ciudad se amuralló, creció y vio nacer un segundo núcleo habitado irregularmente trazado en torno al castillo, el Barrio Alto, rodeando los dos lados menos escabrosos del perímetro del castillo. El crecimiento de este Barrio Alto pudo verse muy favorecido por la reconstrucción del castillo, que debió emprenderse a partir de1283.

    De este modo, la vieja estructura lineal de Ruesta se transforma en otra, en principio binuclear, con dos polos perfectamente definidos y separados por un terreno yermo intermedio. Los dos presentan trazados reticulares: el de arriba con la claridad de una aparente fundación ex novo, y el de abajo ya más confuso, puesto, que se debe al crecimiento, con cierta dosis de espontaneidad, del núcleo lineal originario. El núcleo llano - el barrio Bajo -, alberga toda la complejidad social y funcional propia de un centro urbano, mientras que el del castillo se limita a albergar la judería y las viviendas de familias vinculadas a la función militar. Sabemos que los judíos del castillo contaban con un albergue, con horno, el único horno de Ruesta. Es lógico, pues, que naciera alrededor del castillo un segundo polo de crecimiento de la ciudad, alejado del Barrio Bajo, y con una tendencia de desarrollo convergente.

    En el Barrio Alto, el caserío ya no se dispone según un trazado abierto, sino que consta de unas construcciones agrupadas donde las que definen los límites exteriores se cierran por sí mismas: es, pues, un trazado que ya desde el principio asume una situación de conflicto. El tipo de vivienda, tampoco es el mismo que el del Barrio Bajo; ahora encontramos una alta proporción de construcciones de almacenaje y no domésticas, junto a unas parcelas de menores dimensiones y, sobre todo, de muy inferior profundidad. No se trata, pues, de parcelas pensadas para albergar la conocida casa gótica de las fundaciones burguesas, y, menos aún, la casa compacta característica de las poblaciones agropecuarias del norte; lejos de ello, las reducidas dimensiones permiten albergar casi exclusivamente la vivienda o algún uso especializado. Pudo el Barrio Alto tener su origen en un asentamiento organizado - regular - de tipo castrense, y pudo verse favorecido en su crecimiento por el hecho de que la Corona hubiera establecido la judería ruestana en el castillo, que albergaba las viviendas hebreas a cambio de la obligación del mantenimiento, constante de la fortaleza.

    Como otras ciudades mercantiles, Ruesta tuvo desde época temprana una población judía. No sabemos cuándo pudieron establecerse las primeras familias judías en Ruesta, sólo que en 1271 estaban ya allí. Ruesta no es como Ejea, una ciudad con una vieja historia y preexistencias multirraciales, no existía como población en época de dominio musulmán y nació al calor de las peregrinaciones jacobeas. Por tanto, es más que posible que sus habitantes hebreos llegaran atraídos por el comercio, o fueran instalados ahí por algún rey aragonés que pretendió así reforzar la actividad mercantil de la población. Esta política de repoblaciones judías fue especialmente importante, precisamente, en la segunda mitad del siglo XIII, durante los reinados de Jaime I y Pedro III puede, pues, suponerse - con todas las reservas oportunas - que la población hebrea pudo haberse asentado en Ruesta a mediados del siglo XIII, cuando la afluencia de francos y el mismo Camino estaban ya en claro declive.

    Tampoco se sabe cuándo la Corona otorgó a los judíos el derecho a ocupar el recinto del castillo a cambio de conservarlo (algo que también ocurrió en Ejea y en Borja), aunque existe constancia documental de que en 1249 se seguían ocupando de su cuidado y de la explotación del único horno que había en Ruesta, de propiedad real, con cuyas rentas sufragaban la manutención de la fortaleza; es sabido también que la aljama ruestana se encargaba de la panadería del Hospital. Parece que, en 1283, fueron expulsados del castillo y que volvieron a él en el año 1300.

    A pesar de que las relaciones de pago de la aljama señalan que no era, ni mucho menos, una colonia numerosa, llegaron a dar nombre a dos barrios próximos al castillo en que vivían: la Casa de los Judíos - al lado del castillo - y El Barrio de los Judíos - al suroeste del Barrio Bajo, junto al Camino - fueron nombres que pervivieron hasta el abandono del pueblo. También es posible que la zona conocida aún en el siglo XX como Las Botigas hiciera alusión a unos talleres y comercios regentados por judíos y construidos en el borde del camino que unía éstos dos barrios, coincidente con la actual calle Alegre.
    La aparición del factor militar como dominante no supuso en Ruesta, diferencia de lo acaecido en Berdún o en Artieda, la desaparición del burgo jacobeo: contando con un importante castillo desde hacía siglos, el asedio o el mismo paso por la villa parece que fue evitado sistemáticamente por las primeras incursiones navarras - desde 1134 hasta 1283, meras correrías de castigo -, que preferían adentrarse por la más indefensa ruta de la Valdonsella; su caserío bajo, en consecuencia no debió sufrir daños importantes antes del gran esfuerzo fortificador de Pedro III, de modo que pudo subsistir hasta que fue dotado de un amurallamiento autónomo, lo que pudo ocurrir en 1283, cuando Pedro III eligió a Ruesta, Tiermas y Salvatierra .como plazas fuertes desde las que resistir la temida invasión franconavarra, ordenando importantes obras de fortificación, que se ampliaron en 1285 y que parece que se habían concluido en 1286. Era el momento en que los antiguos pillajes navarros habían dejado paso a una intención real de invasión y conquista, con intervención de ejércitos extranjeros y embestidas bélicas de importancia; fue entonces cuando Ruesta pasó a constituir una verdadera plaza fuerte con vocación de defensa territorial.

    Así, la época que se inicia en 1134 sólo se tradujo en Ruesta en una inversión del proceso de crecimiento - hacia arriba, en lugar de hacia abajo -, en una serie de obras de fortificación y en la formación o renovación de un burgo alto inmediato al castillo, que también fue reconstruido a partir de los años finales de siglo XIII.
    Las estrechas franjas de parcelas, de gran longitud y casi sin aperturas que rodean hoy el Barrio Bajo, apuntan a la existencia de unas murallas propias ratificada por la sabida existencia de portales junto a la iglesia y en el centro del flanco oriental; a estas murallas quedó incorporada la iglesia, a la que, en algún momento tal vez del siglo XIII, se dotó de un campanario almenado, con letrinas y troneras. Y aún debió existir, al menos, otro torreón en el extremo occidental, simétrico con el de la iglesia, cuyos restos decapitados aparecen hoy convertidos en gallinero.

    La construcción de esta muralla implicó una modificación sustancial en las tendencias de crecimiento del Barrio Bajo, sustituyendo su lógica lineal originaria de agregación de manzanas a lo largo de calles paralelas, por otra que imponía la colmatación del espacio intramuros y las tensiones provocadas por los nuevos portales. Algo parecido a lo que pudo haber ocurrido en Sádaba o en la navarra Sangüesa, con cuyo parcelario presenta notables similitudes. Por entonces, la intención mercantil que había presidido el nacimiento del burgo ya no tenía sentido y, seguramente, no existía tan siquiera el resto de una población burguesa; las propiedades basadas en la parcela originaria debían empezar a resultar demasiado reducidas, y comenzarían a producirse reagrupaciones capaces de contener las casas compactas de una nueva población dedicada a la actividad primaria y necesitada de espacios intramuros donde acoger una serie de funciones hasta entonces relegadas al campo.

    Entre ambos núcleos quedó un amplio espacio yermo, abrupto y elevado, poco apto para la edificación; una parte de esta zona parece que fue cercada, sin duda con el fin de albergar ganados y hombres de los alrededores en caso de peligro y, al mismo tiempo, de dificultar el asedio del Barrio Bajo. Así, Ruesta, como veremos sucedió también en la vecina Tiermas, acaba cómo defensa de escala territorial, de modo parecido al papel desempeñado por las ciudades contemporáneas de la extremadura, como Daroca, Albarracín o Calatayud.

    Con el tiempo, este terreno cercado se iría consolidando para dar albergue al crecimiento de Ruesta. En el siglo XVI, pacificada la zona y aprovechando la prosperidad económica general, comienza a formarse lo que con el tiempo se convertirá en el nuevo eje vertebrador fundamental de Ruesta: la calle Mayor, nacida de la edificación a los lados del camino que, a través del yermo intermedio entre los barrios Bajo y Alto, unía la plaza de la Iglesia - entrada principal del pueblo - con el castillo; fueron apareciendo en él construcciones de cierta magnitud, como el Ayuntamiento o algunas casas blasonadas, que lo convirtieron en el principal espacio urbano representativo de Ruesta, legible como una extensión del nivel jerárquico superior que en la ciudad constituía la plaza, con la iglesia de Santa María y sus tres casas señoriales tardogóticas.

    Este proceso de edificación continuaría lentamente en los siglos XVII y XVIII, y, seguramente, sería con el mayor incremento demográfico del XIX cuando terminó de consolidarse e incluso densificarse en todo lo posible. Encontramos finalmente en esta zona central de Ruesta una estructura urbana enormemente congestionada, con pocas e irregulares calles que proceden inequívocamente de viejos caminos; una estructura espontánea netamente diferenciada de las muy claras y geometrizadas que dominan en los extremos. Se dibuja, definitivamente, el plano de una ciudad densamente edificada, ya no binuclear pero aún bipolar, por la presencia en extremos opuestos del castillo y la iglesia. Este último proceso de colmatación por la edificación del casco ruestano, como se ha dicho, debió de tener lugar a lo largo de la primera mitad del siglo XIX, cuando, de acuerdo con los datos censales conocidos, el número de familias residentes aumentó casi hasta duplicarse en un incremento muy superior al de la mayoría de las poblaciones de la comarca, lo que acercó Ruesta a las dos cabeceras tradicionales: Berdún y Salvatierra:

    (1) Censo de 1496. (2) Viaje de Labaña. (3) Censo de 1646. (4) Censo de 1713.
    (5) Censo de 1797. (6) Datos de Madoz. (7) Nomenclátor de los pueblos de España.

    Localidad Fuegos 1495 (1) Fuegos 1610 (2) Fuegos 1646 (3) Vecinos 1713 (4) Vecinos 1797 (5) 1845-1850 (6) 1857 (7) Habitantes
    Vecinos Almas
    Berdún 76 145 84 110 131 122 690 904
    Salvatierra 69 1.130 76 124 140 154 733 1.174
    Ruesta 38 60 51 56 54 106 504 779
    Sigüés 33 40 26 27 36 70 338 532
    Escó 25 30 34 25 48 36 172 317
    Undués 24 40 50 49 70 98 464 710
    Mianos 23 40 30 25 23 44 213 301
    Artieda 21 40 37 22 33 44 212 312
    Pintano 23 150 47 63 87 69 322 423
    Tiermas 20 25 31 30 46 84 375 782
    Isuerre 15 — 36 23 39 44 212 380
    Urriés 13 — 52 47 55 83 373
    Navardún 7 30 18 29 29 35 168 275
    Lorbés 11 — 19 16 36 34 159 239
    Asso Veral 4 16 3 9 16 18 87 217

    Desde mediados del siglo XIX, Ruesta ya no experimentaría un crecimiento demográfico significativo hasta el momento de su abandono, ni tampoco crecimientos urbanos relevantes: todo lo más, un aumento de las edificaciones extramuros, al norte de la carretera y al este de la calle del Portal.

    Ya en el siglo XX, las transformaciones más relevantes hasta el abandono se produjeron en torno a los años treinta. Al lado de la iglesia, donde antes estuvo el cementerio, se construyeron el frontón y el horno; más al sur, en la calle del Portal, se edificó una nueva escuela con las obras del frontón desaparecieron las últimas huellas de la antigua entrada medieval, cubierta por un arco que unía el palacio de Lacadena con el muro del cementerio. En cambio, la aparición de la nueva escuela permitió realizar una última remodelación de la Casa Consistorial, en cuya segunda planta se impartían las clases hasta ese momento.

    Estos cambios no afectaron sustancialmente a la trama urbana. Ruesta se sigue articulando a partir de las calles del Centro y Mayor. Ambas nacen en la plaza de la Iglesia, frente a la entrada más importante de la población. Alrededor de la primera, tramo del antiguo Camino de Santiago con una directriz fundamental norte-sur, se desarrolla el Barrio Bajo, que aún mantiene una cierta autonomía morfológica en el conjunto. La calle Mayor, auténtica espina dorsal de Ruesta, muere en el castillo y es la vía que comunica entre sí el conjunto del caserío.

    comentar |81 visitas
  • José Manuel Muñoz Póliz: “Nos movilizaremos, si es necesario, para proteger el patrimonio de Ruesta”

    El Sº Gral. de la CGT, José Manuel Muñoz Póliz, el Coordinador de Ruesta de CGT, Vicente Blanco, y el Sº de Organización de CGT Aragón, Miguel Martínez, proponen la creación de una “Mesa de Ruesta” para proteger y defender el patrimonio histórico-cultural del municipio
    1 de octubre, por José Gabriel Consuegra

    La Confederación General del Trabajo (CGT), ha denunciado esta mañana en rueda de prensa la falta de ejecución de los compromisos de la propietaria con Ruesta y la comarca.

    Tras el derrumbe el pasado 27 de diciembre del techo de la iglesia de Santa María, la CGT vuelve a plantear la necesaria y urgente implicación de la Confederación Hidrográfica del Ebro (CHE) en relación a los compromisos adquiridos con la organización anarcosindicalista, y la sociedad en general, para la protección del patrimonio histórico cultural de Ruesta y los intereses socio-económicos de las Cinco Villas y la Jacetania.

    Estos compromisos tienen bastantes años y han estado encaminados a la recuperación de los edificios más importantes de esta localidad. En este sentido, y desde que CGT se hiciera cargo de la cesión del pueblo a principios de los 90, se han rehabilitado 3 de los antiguos inmuebles de Ruesta.

    CGT recalca que las relaciones de “colaboración” con la CHE se han visto “afectadas” tras el anuncio de las obras de recrecimiento del embalse de Yesa en 2009. La organización anarcosindicalista se ha venido oponiendo a estas obras por varios motivos entre los que están el grave riesgo sísmico, importantes impactos medioambientales, como la destrucción de una importante área en la que se desarrollan diferentes biotipos y ecosistemas, o daños en el patrimonio histórico-cultural de Ruesta entre los que se cuentan las agresiones al Camino de Santiago francés a su paso por Aragón.

    Miguel Martínez (Sº de Organización de CGT Aragón) ha comentado que “el derrumbe del techo de la iglesia debe hacernos reflexionar sobre el abandono al que está sometida Ruesta por parte de la Administración Pública”. Y en este sentido, Vicente Blanco (Coordinador de Ruesta CGT), ha recalcado que “la recuperación de este territorio, a medida que va avanzando el tiempo, se hace más difícil y costosa”.

    CGT propone la creación de una “Mesa de Ruesta”

    Además, en la rueda de prensa celebrada esta mañana en Zaragoza, la Confederación General del Trabajo (CGT) ha propuesto la creación de una “Mesa de Ruesta”. Esta iniciativa pretende convertirse en una herramienta, tanto para las Administraciones Públicas como para la sociedad, encaminada sobre todo a trabajar conjuntamente por la protección de la zona y evitar así su declive y la pérdida de un importante patrimonio de todos los aragoneses y aragonesas.

    Para la CGT, la creación de la “Mesa de Ruesta” muestra el camino a la cooperación porque establecerá mecanismos de colaboración necesarios entre las administraciones responsables en Ruesta y la sociedad que evitarán nuevas pérdidas.

    José Manuel Muñoz Póliz, Sº Gral. de CGT, ha cerrado la rueda de prensa explicando que no se comprenden los motivos por los que la CHE está permitiendo que un patrimonio tan importante, como el Ruesta y su entorno, se hundan: “La actitud de la CHE puede estar motivada por nuestra oposición a las obras de recrecimiento del embalse de Yesa pero las reivindicaciones de nuestra organización son bien conocidas desde mucho tiempo antes, y no hemos ni vamos a cambiar nuestra forma de pensar”.

    Gabinete de prensa del Comité Confederal de la CGT

    comentar |105 visitas

0 | 5